Cuando me propusieron escribir un artículo sobre educación me pareció una buena idea. Luego fui cambiando de opinión. ¿Qué puedo aportar yo que no se haya dicho ya? ¿De qué sirven las reflexiones que surgen del mundo docente cuando estas no llegan más allá de cuatro personas medianamente interesadas? ¿Por qué España no ha tenido una ministra o ministro de educación decente en las últimas décadas y eso parece caer en la indiferencia más absoluta? ¿Por qué cuando hablas con la gente te pregunta con interés sobre tu profesión y situación del sistema pero esas preguntas nunca se hacen a los políticos, estén o no en campaña?
Y la respuesta que al final encontré para todas estas preguntas se parece a la que muchas veces me doy a mí mismo cuando me pregunto por el objetivo de mi vida profesional, y es que, a pesar de todo, hay que seguir intentándolo. Hay que seguir en las aulas aunque, en ocasiones, no sepas muy bien por qué y hay que seguir intentando concienciar e informar al máximo número de personas posibles sobre la situación de uno de los puntales de la sociedad en la que vivimos.
Eso sí, voy a lanzar una visión personal de cómo vivo y veo la educación secundaria desde un pequeño rincón de la capital aragonesa, que es donde ejerzo.
Comenzaré diciendo que vivo en la trinchera, que ni tengo ni deseo obligaciones directivas en el centro, que vengo gustoso a trabajar y que, aunque algunos días sería capaz de tirar a una clase de adolescentes por la ventana sin el menor remordimiento, la gran mayoría de jornadas las vivo con alegría y orgullo, tanto la docencia como la convivencia con adolescentes, que van de los 12 a los 18 años.
También que, en esta “guerra” en la que me he enrolado voluntariamente, intento ejercer más como francotirador que como disciplinado y descerebrado soldado que sigue las órdenes del Estado Mayor sin cuestionamiento alguno.
Comencemos, la educación es siempre mejorable y, a pesar de lo que mucha gente piensa, tenemos mejor sistema que hace 30 o 40 años, porque no, la EGB, BUP y COU no eran mejores que lo que hay actualmente. La escuela es más inclusiva y deja a mucha menos gente de lado que en el pasado, personas sumamente válidas e inteligentes que eran desechadas por un sistema falsamente exigente y realmente elitista.
Pero estamos ante un punto de inflexión que viene desde un par de leyes educativas atrás, en donde lo “competencial” se está imponiendo al conocimiento, en donde el sistema educativo asistencial se está imponiendo al objetivo de igualar el acceso a una educación universal que realmente sirva de ascensor social.
Se pide, por ejemplo, que el alumnado sea capaz de utilizar y aplicar conceptos matemáticos en diferentes situaciones o que tengan las herramientas necesarias para su crecimiento integral y su preparación para la vida adulta, pero en muchos casos aligerando el currículo. El conocimiento es la base, sin él puedes aprender muchas habilidades, pero quedarán como retruécanos vacíos. Sería como que te explicasen todo el proceso operativo para montar el motor de un coche pero sin saber qué es cada pieza y para qué sirve. El equilibrio consiste en saber qué es cada parte, cuál es su utilidad y, además, saber montarlo.
Además, en todo este lío de leyes y contraleyes educativas y en esta diversidad que se da además entre comunidades autónomas, nos encontramos también las diferencias entre la educación pública y la concertada, e incluso con la segregación real que se da en centros públicos de barrios de rentas altas con los de rentas más bajas; la llegada de un número elevado de inmigrantes con aproximaciones muy distintas a lo que es un sistema educativo y una falta de recursos del mismo en muchos sitios que hace prácticamente imposible la integración plena y que ese ascensor social, que es (o era) la educación, apenas cumpla su cometido. Muchas veces el sistema funciona, renqueante, gracias al compromiso de la comunidad educativa más implicada.
Así, al final, tenemos una dualidad, los centros que, por distintas razones, se centran en una escuela asistencial, esto es, que el alumnado esté en un colegio o instituto hasta que cumplan la edad de entrar en el mercado laboral, un sitio donde al menos puedan comer una vez al día y los aleje temporalmente de peligros domésticos y callejeros, centros donde se trabajarán y evaluarán competencias sobre contenidos. Estos serán principalmente centros públicos en zonas desfavorecidas.
Por otro lado, existirán los centros públicos, privados y concertados que, de una forma u otra, sigan educando a generaciones con una mayor base y un equilibrio entre conocimientos y competencias y que mantengan un nivel educativo bastante bueno, ese que ha llevado a tener a las generaciones mejor formadas de la historia, frase manida, pero cierta.
Dentro de este segundo grupo estará siempre por encima el alumnado que provenga de las familias más pudientes, aquellas que puedan paliar con recursos externos una docencia deficiente en alguna asignatura o las bajas no cubiertas en tiempo y forma de docentes de dichos centros.
En conclusión, las administraciones públicas parece que se han rendido, que aceptan que el sistema educativo se ha de someter al sistema económico y productivo, donde ha de haber élites y proletariado escasamente formado en contenidos y visiones profundas y críticas de la historia, pero dedicado y con ganas de trabajar en aquello que el mercado demande en cada momento. Unas administraciones que se niegan a dotar de más recursos materiales y sobre todo humanos a la educación, confiando en inercias y en el compromiso de sus trabajadores, dejan a un porcentaje de la población alejada de un posible futuro mejor y siembran a jóvenes que se convertirán en adultos descreídos y resentidos contra el sistema, lo que ahora vemos entre las personas menores de 25 años desgraciadamente no son sino la punta del iceberg de lo que está por venir.
Fernando Carrasco.
