Dicen de nosotros los castellanos que somos secos y hasta bruscos en el hacer y decir, que hemos intentado subyugar a los de nuestro entorno, que nos creemos únicos, que somos…cabe en esta descripción negativa todo cuanto se quiera en desprecio y ofensa a un pueblo supuestamente dominador.
Nadie ha sabido realmente cómo es y qué piensa el castellano mejor que Migue Delibes, quizás porque él mismo se ha sentido humillado y ofendido y ha querido dejar clara una realidad tantas veces silenciada.
Decía una vez un viejo amigo de tierras vascas, que siendo niño preguntó a su aita por aquellos hombres que se reunían en la plaza y hablaban raro, “son buenos hombres que vienen a trabajar de lejos para ganar de comer para sus familias, respétalos”, esta no ha sido la definición generalizada por desgracia.
Cuando la sequedad de nuestras tierras sin industrializar, en manos caciquiles eternamente empujaron a hombres y mujeres a buscar el pan en otros lugares, el recibimiento no fue precisamente afable y su integración difícil; no es un problema del que acude sino del que recibe.
En este país de “puras sangre”, castellanos, andaluces, extremeños y hasta aragoneses, por obra y milagro de quienes necesitaban sus manos y su sudor para ampliar su desarrollo económico, pasaron a ser maketos, charnegos y hasta churros, de nada servía su buen hacer en tierras nuevas.
Pasadas las generaciones y pese a teorías como las de Sabino Arana (el vasco no es un tema de lengua, es una etnia, por eso no debe mezclarse para mantener su superioridad), la integración ha sido diversa dependiendo de dónde y cómo; así y por desgracia hemos leído en la prensa como “Pérez y García”, estaban en las listas negras de asesinos disfrazados de héroes, más vascos que nadie para demostrar su participación en algo que salve su desarraigo; en otros lugares, concretamente en tierras catalanas la curiosa defensa de sus derechos legítimos la ejerce entre otros un “charnego” en catalán. Son ejemplos simplemente, formas diferentes de adaptación que termina renegando de sus propias raíces como autodefensa.
Castilla, es decir, lo castellano, ha sido y sigue siendo considerado categoría de segunda, su historia se ha contado como la del que oprime y abusa, cuando realmente ella ha sido la primera en sufrir la utilización de sus hombres y su cultura por intereses ajenos personalistas y/o partidistas.
Hoy solo es una “Comunidad Autónoma no histórica”, es así reconocida por la manipulación de políticos jacobinos que ni supieron ni quisieron negociar en defensa de Castilla y lo castellano cuando los “arreglos” preconstitucionales marcaron los tiempos. Quizás desconocían que a Castilla sus derechos le fueron arrebatados mucho antes que a los “históricos”, que sus bienes siempre fueron para usos externos, que su capacidad de sacrificio nunca ha tenido límites, que su sangría humana ha servido para el desarrollo de otros, ni mejores ni peores, simplemente otros.
Decía al iniciar este escrito que fue Delibes el que mejor entendió los silencios y la filosofía parda del hombre de la meseta. Lo que yo no entiendo ni quiero entender es la resignación histórica a ser lo que otros digan que es, la sumisión al “amo” de tierras que no de almas y menos aún que la defensa de lo legítimamente suyo que es cuanto menos el honor, se haga respaldando para que los representen a aquellos que han sido y siguen siendo los que más daños han hecho con el uso de su identidad como piedra arrojadiza.
Y mientras, en Madrid, (una ofensa más a lo castellano, al desgajarla de su realidad), todo vale, da lo mismo de donde sea el lugar de procedencia, aquí si uno quiere se pasa a ser madrileño de adopción y si no, se sigue siendo lo que se quiera mientras se sea capaz de vivir al modo y manera de lo madrileño. Ese es mi caso y el de tantos, pero Castilla sigue doliendo en el alma.
Delia Tejedor Gómez
