junio 13, 2026

El carlismo no tuvo la culpa

El carlismo se erigía como la ideología predominante en varias regiones españolas, entre ellas Navarra, durante el lustro que duró la II República. Desde hacía un siglo, la religiosidad católica, las tradiciones autóctonas, la defensa de los fueros, los derechos históricos de las regiones, las peculiaridades idiomáticas y otras consideraciones sociales habían conseguido que el Carlismo fuese abrazado por una multitud de españoles. Escritores de renombre inmortal como, por ejemplo, Valle-Inclán, compartían este ideario sin asomos de ser reaccionarios, sino muy al contrario, totalmente vanguardistas, con una mente preclara y lúcida.

Como si de una especie de herejía se tratase, había surgido del carlismo el nacionalismo vasco, llevando al extremo algunos de sus postulados, como la reivindicación de la cultura y del folklore de nuestros mayores, pero en Navarra este no había cuajado del mismo modo que en Vascongadas.

Sin embargo, el carlismo ha tenido mucho que ver en la conservación del vascuence en Navarra y, por ejemplo, durante el franquismo permitió su continuidad en amplias zonas, porque los dirigentes del régimen provenían del carlismo y, por lo tanto, amaban la cultura de nuestros antepasados y, por ende, este idioma prerrománico de origen ibérico.

Esta defensa de las tradiciones, junto con la enseñanza religiosa cristiana, permitía que, a pesar de darse un alto grado de analfabetismo y carestía y pobreza, la convivencia y los modos de vida se correspondiesen con lo que se entiende que somos las personas, sobre todo en el mundo rural. Habrá quien tilde de violento al movimiento carlista, por haber tomado las armas en diferentes momentos históricos, pero a lo largo de la historia la violencia ha sido ejercida por todas las ideologías y creencias, ya sea desde las instituciones de poder, ya sea desde movimientos sociales contestatarios.

La Guerra Civil de 1936/39 sucedió porque los dirigentes políticos, tanto de izquierdas como de derechas, no fueron capaces de gestionar las instituciones democráticas, demostrando un nulo respeto a la pluralidad política y territorial, además de un anticlericalismo pernicioso y nefasto en el caso de la izquierda. Verbigracia, cuando nacionalistas vascos y carlistas se unieron para crear una autonomía que aglutinase a las cuatro provincias españolas del vascuence: Vizcaya, Guipúzcoa, Álava y Navarra, las Cortes lo rechazaron porque el proyecto de estatuto de autonomía recogía la competencia de gestión del hecho religioso. Fue el anticlericalismo lo que históricamente impidió la unión de las cuatro provincias hermanas.

Por lo tanto, no cabe culpar al carlismo de ese hecho histórico, aunque posteriormente surgiese una deriva antivasquista en Navarra, que no respondía a su origen. Sin embargo, visto el panorama político actual, nos tememos que esa desunión sea ya un hecho consumado porque aquella mayoría social que abrazaba el carlismo en Navarra no parece dispuesta a replantearse una unión con Euskadi, como tampoco lo estuvo después de que se hubo frustrado aquel proyecto estatutario.

Mucho se ha atacado al Carlismo por su papel en la II República y la Guerra Civil subsiguiente, pero se constata que el desconocimiento de gran parte de la sociedad española sobre lo que sucedió desde 1931 hasta 1936 es notorio. Por ejemplo, en 1932, el general Sanjurjo protagonizó un golpe de Estado, que fue abortado rápidamente por las autoridades republicanas. Este personaje histórico era muy apreciado por el movimiento tradicionalista y, sin embargo, el Carlismo no participó en la sanjurjada.

Esto no fue óbice para que la represión gubernamental se focalizase en el carlismo, con abundantes e injustas detenciones y clausuras masivas de los círculos carlistas. Además, sobre el talante democrático de los partidos de izquierda y sindicatos de entonces habría mucho que decir y debatir, dada la insurrección armada que se produjo en 1934, que se conoce como la Revolución de Asturias, precedida de huelgas en todo el Estado, en la que murieron varios miles de españoles. Y es que tampoco la izquierda de la primera mitad del siglo XX mostraba un espíritu claramente democrático, sino que, muy al contrario, influida por el Manifiesto Comunista, por las ideas del comunismo libertario y por el totalitarismo soviético, propugnaba una superación de la II República para constituir un Estado marxista o anarquista.

Otro hecho histórico nefasto, lamentablemente ya consumado, ha sucedido en contra del ideario carlista. En el siglo XXI, la despoblación constituye uno de los mayores problemas de España. Los pueblos se están quedando deshabitados y los jóvenes rechazan quedarse en el mundo rural, a pesar de que la agricultura y la ganadería son consustanciales a la actividad humana. Y, sin embargo, la mayor parte de las familias que han tenido que emigrar del campo a la ciudad habrían preferido seguir en sus pueblos de origen siempre y cuando tuviesen oportunidades laborales y servicios que permitiesen una vida digna y próspera.

Precisamente en estos tiempos de conectividad digital global, se habría culminado un proceso, que siempre propuso el carlismo, de conservación del modo de vida tradicional en el ámbito rural. Sabido es que, a mediados del siglo XX, penetró la maquinaria agrícola en nuestros campos y que los jornaleros y los pequeños propietarios de tierras vieron tan reducidos sus márgenes de beneficios que tuvieron que emigrar masivamente a las ciudades.

Si desde las Administraciones Públicas se hubiese hecho caso al ideario del Partido Carlista y se hubiese fomentado la creación de puestos de trabajo en el ámbito rural (por ejemplo, inaugurando factorías en localidades más pequeñas), nuestros pueblos no estarían ahora sufriendo esa despoblación. Por lo tanto, tampoco cabe echar la culpa al carlismo de eso. Las sociedades y los países, lo mismo que las personas, no siguen siempre el mejor camino.

Alberto Ibarrola Oyón

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