Agradezco el ofrecimiento del editor para escribir unas líneas sobre el tema, el deporte del Rugby, sobre el que rápidamente estuvimos de acuerdo y sobre el cuál cómo podremos leer más adelante puede encontrarse, si lo valoramos abiertamente, una relación indudable con el nombre de ésta cabecera.
Dedico un corto espacio para expresar no una historia ni una descripción de una actividad deportiva para la que fácilmente pueden encontrarse datos y respuestas por las vías por todos conocidas.
Son los valores y el espíritu que transmite éste deporte lo que trataré de resaltar sin que por ello sus inicios, pasado y devenir en el tiempo transmitan también un interés del que no podemos sustraernos los aficionados. Lo que puede parecer una idealización, no es mi intención que sea tal, y siempre la debemos proceder al tamizado por el filtro del comportamiento humano.
El rugby no es un deporte que por sí mismo haya competido bien con sus otros hermanos o primos deportes de equipo en lo referente a seguimiento o influencia, ciertamente no acapara grandes espacios cómo el fútbol en sus variantes modernas o el baloncesto, ni relumbra cómo otros deportes individuales en el que las aptitudes y esfuerzo individual junto a un gran empeño nos deleitan con remarcables hazañas, si bien cuando se escuchan noticias sobre él siempre dejan un poso de positividad y respeto.
Rugby es ciertamente una palabra con buena prensa, el aficionado lo adora pero es que el que no lo es tiene normalmente en su ideario una serie de paradigmas que además son ciertos. ¿Quién no ha visto u oído el pasillo que los ganadores de un partido hacen a los perdedores? ¿Quién no sabe del tercer tiempo en el ambos equipos comparten un tiempo de camaradería tras un partido? ¿Y el respeto que se tiene por las decisiones arbitrales? Todo lo anterior “las formas” son ciertas e incluso podríamos aumentar la lista de buenas maneras en éste deporte pero dejo para más adelante lo que desde mi punto de vista es más remarcable, “el fondo”. Sí, buen binomio el de formas-fondo.
Estoy escribiendo sobre un deporte “moderno” y no es que los demás no lo sean pero éste nos servirá cómo ejemplo ante el deporte griego “antiguo”. Nadie podrá objetar que la actividad física y la subsecuente competencia que ella conlleva debe partir de la antigüedad y es desde ella como nos viene hasta nuestros días. Son los griegos los que desde su élite social promocionan las competiciones ‘atléticas’ siempre con relación a las actividades guerreras e incluso como retos ante toros (minoicos). De su evolución hasta los famosos juegos panhelénicos y lo que ha llegado hasta nuestro días todos somos más o menos sabedores.
Los deportes modernos y los de equipo particularmente parten de la Inglaterra del siglo XVIII y tienen su expansión en el siglo XIX. Son las clases acomodadas y por supuesto para aquella época excluyendo a la mujer, bien cómo forma de pasar el tiempo, retarse o cómo expresión educativa de los valores que se esperaban de los futuros rectores de la sociedad. Es el tiempo de los clubes, colegios privados y universidades, y cómo comenté anteriormente, actividades totalmente masculinas.
El deporte antiguo se expresa con la victoria cómo forma única y objeto final. El deporte moderno introduce características que posteriormente se verán cómo típicas del posterior desarrollo social, las normas (reglas o códigos), la aplicación de ellas (los árbitros o jueces) e incluso la medida objetiva de los resultados (goles, tantos, puntos).
Pequeño apunte histórico. Rugby y Fútbol son deporte hermanos y cómo quiera que transcurrió su separación, ésta ocurrió ¿Nos podemos imaginar que en algún momento algún jugador mientras se competía a puntapiés no pudo, por razones de falta de tiempo para ganar o impotencia ante el adversario, recoger la pelota con las manos y avanzar pasándola a sus compañeros de equipo? Quizá fuera así o de otra manera distinta pero lo relevante es que desde aquel momento pudieron empezar a existir dos códigos distintos de fútbol (probablemente el que nos atañe no se denominaría ni rugby por aquél entonces). Pensemos que esto pudo ocurrir en el colegio privado de la ciudad de Rugby en Inglaterra a finales del siglo XVIII, lo que parece cierto, y que el díscolo jugador fuera Webb Ellis, lo que se considera una leyenda, pero esta no vale.
Es a partir de entonces cuando el código de futbol-rugby fue creciendo por camino paralelo a su hermano futbol incluyendo la creación de su casa común en Inglaterra, la “Rugby Football Union”.
Los ingleses llevaron el rugby cómo uno de los deportes del imperio primero a sus adyacentes países
de Reino Unido, Gales y Escocia, posteriormente a sus colonias, fundamentalmente Irlanda, Nueva Zelanda, Australia y Sudáfrica, para posteriormente influir mediante sus ciudadanos y los de sus colonias a otros países cómo Francia, Argentina, USA, Islas del Pacífico, Japón y modernamente a casi todos los países. El rugby ha permanecido amateur la mayor parte de su historia y ese era un rasgo que lo definía respecto al fútbol y otros deportes, no podemos explicar con claridad las razones que sostuvieron dicho estatus pero mientras los puristas quizá lo echen de menos puede que aquello mantuviera alejado de su práctica a personas con recursos limitados mientras, y esto es un pero de éste deporte, fuesen las clases acomodadas las que pudieran permitírselo como pasatiempo. Dejémoslo para tema de tertulia.
Pequeño apunte pero gran noticia, tuvo que esperarse hasta los años 60 del siglo XX para poder encontrar mujeres jugando al rugby y ésto ocurrió en Nueva Zelanda, país que tanto ha dado al desarrollo de éste deporte, de tal forma que se tendrá que esperar hasta ya los 80 para que las mujeres pueden competir en ése deporte y todo el mundo disfrutar de un excelente nivel con matices tremendamente enriquecedores. Ya podemos considerar que éste deporte es tremendamente inclusivo desde las escuelas de los clubs hasta las competiciones.
Es momento de volver a lo que me refería más arriba. Las formas que demuestra el rugby son encomiables y éste es el por qué de la buena opinión que se tiene de él pero en lo que podemos profundizar es en el fondo de su práctica. El rugby es un deporte de contacto e impacto por lo que quien lo practica es resiliente, esforzado y sufrido. El equipo es la finalidad de todo y las características y virtudes individuales se desarrollan para ponerlas en valor dentro del conjunto, existe la individualidad pero no el individualismo. Las normas impartidas son acatadas, no se toleran protestas ni aspavientos porque el árbitro explica sus decisiones y no es remiso a dialogar con educación. El equipo contrario no es un enemigo, es un adversario y cómo tal así se le trata. Además estamos ante un deporte en continua innovación, son raros los años en que no se introducen nuevas normas que primeramente son probadas y analizadas en favor del bienestar de los jugadores. Un buen “fondo”.
Llegados hasta aquí me gustaría dedicar un saludo afectuoso a los practicantes, entrenadores, educadores y en general aficionados al rugby, seguramente mi artículo les parecerá somero. Un empuje a personas y familias que pudieran estar interesadas en éste deporte como escuela de valores, acercaros al club más cercano e interesaros, es muy posible que no salgáis defraudados y por último a todas las personas que apoyan valores que éste deporte comporta.
PD.- No me gustaría dejar de escribir sin que nos acordemos de las personas que en la actualidad están sufriendo por las terribles formas que demuestran algunas organizaciones y países en forma de atentados, guerras y sistemas políticos deleznables. Todo ello destapa el oscuro fondo que los mueve, estaremos de acuerdo que todo ésto está muy lejos de lo tratado en mi artículo.
Javier Urriza Urcola.
