“Hemos demostrado que un grupo pequeño de hombres decididos apoyados por el pueblo y sin miedo a morir si fuera necesario puede llegar a imponerse a un ejército regular y disciplinado y derrotarlo definitivamente.”
Es absolutamente imposible comprender un proceso histórico a través de la biografía de una sola figura, por muy protagonista que esta haya sido en esos hechos históricos. A pesar de ello, también es necesario tener en cuenta que el protagonismo e influencia de determinadas personas en ciertos procesos históricos ha sido crucial para la dirección de los acontecimientos en uno u otro sentido. En Historia el factor personal, a veces, también cuenta, y eso explica las influencias de individuos extraordinarios como, en este caso, fue el Ché Guevara.
No vamos a contar nada de su vida y obra, pues ya es bien conocida, sino que centramos este pequeño artículo en su visión tan particular del marxismo, cuestión por la que fue fuertemente criticado por los marxistas ortodoxos de la época, por un lado, a la vez que supuso una gran influencia en la Nueva Izquierda y en los movimientos sociales y focos guevaristas de la segunda mitad del siglo XX a lo largo y ancho del mundo, por otro.
Su marxismo se alejó del modelo socialista soviético, como se percibió en sus escritos a partir de 1963, donde apostaba por un modelo alternativo al socialismo de la URSS. Un marxismo antidogmático, ético, pluralista y de humanismo revolucionario, como señaló Néstor Kohan, que provenían de su formación cultural, ética y social en su medio familiar, y que, entre otras cosas, le empujaron a interesarse por el proceso revolucionario que se estaba gestando en Cuba.
El Ché se opuso a los manuales de marxismo de la URSS, tan esquemáticos y encorsetados que parecían La Biblia; discutió su modelo económico, que consideró poco adecuado para Cuba; y criticó el intervencionismo soviético en el famoso discurso de Argel del 24 de febrero de 1965.
Carlos Tablada, estudioso del pensamiento del Che, escribió que este se dio cuenta de que para crear el socialismo, había que construir una cultura alternativa a la capitalista, que no bastaba con transformar el modelo económico, no bastaba solo ‘qué’ se producía, sino ‘cómo’ se producía. Es decir, introdujo el elemento humano y moral, idea que el Che recogió del primer Marx, y que sintetizó en la idea de que “para construir el comunismo, simultáneamente con la base material hay que hacer al hombre nuevo”.
Esta heterodoxia hizo que muchos partidos comunistas clásicos rechazaran la táctica guerrillera, que la consideraban alejada de los postulados marxistas. Y cierto es que el foquismo (estrategia de expansión revolucionaria a través de focos de combate guerrillero) se saltó todas las reglas del pensamiento marxista clásico. Autores como el militante del PCE José Núñez señalaron que “entre el guevarismo y el marxismo existe un profundo abismo.
El primero es dañino para la clase obrera y la revolución y el segundo sirve a la causa del proletariado”. Sin embargo, los hechos históricos cuentan otra cosa. Por ejemplo, que en Cuba la Revolución triunfo gracias a que el M-26-J solo fue la vanguardia armada de un movimiento popular amplio, en el que se encuadraban trabajadores urbanos, mineros y militares antiimperialistas.
El Ché consideraba que la guerra de guerrillas era una guerra del pueblo, una lucha de masas, pues su fuerza fundamental era el apoyo de la población. Lo que algunos autores han denominado una línea leninista de la guerra revolucionaria. Las guerrillas foquistas de toda América Latina tuvieron en cuenta las condiciones políticas de cada país y contaron con fuerzas populares de apoyo a la guerrilla.
Aun así, el Che, y las guerrillas guevaristas, fueron señaladas por los partidos comunistas que aceptaron la coexistencia pacífica, de estar alejados del pueblo, de reformistas, pequeñoburgueses, de desviacionistas de izquierda, de ultraizquierdistas e incluso de terroristas, asumiendo por tanto los términos y esquemas del imperialismo estadounidense y de las contrainsurgencias creadas y armadas por la CIA.
Podemos concluir que el guevarismo fue una adaptación de la lucha política a unas circunstancias, a una realidad y a un espacio y tiempo histórico concreto, que saltó por encima de las teorías marxista-leninistas clásicas, y que influyó notablemente tanto en el pensamiento socialista de la segunda mitad del siglo XX, en la llamada Nueva Izquierda, como en muchas organizaciones político-militares de izquierdas que fueron críticas con el socialismo soviético.
Así pues, dos fueron las aportaciones de Guevara a la lucha política que se reclamó heredera de su teoría y/o de su praxis: La asunción de la moral y la ética revolucionaria (organizaciones pacíficas); y la asimilación de la táctica guerrillera y la teoría del foco armado (organizaciones armadas).
Diego Marín Roig
