En una entrevista publicada por “El Pensamiento Navarro” en 1966 Joan Fuster recordaba – ¡tantas veces lo hizo! – su ascendencia carlista.
Su padre, escultor de santos, fue un respetado jefe comarcal del partido en Sueca antes y tras la guerra, un jefe carlista arquetípico hasta en sus aparentes contradicciones: ya al final de la guerra del 36 fue encargado por el ayuntamiento republicano para esconder y conservar en su casa el gran oleo de la República que presidía el salón de sesiones del ayuntamiento suecano y que hoy vuelve a presidirlo, pero también que al hacer unas obras en su casa, hoy transformada en centro de estudios fusterianos, se hallarán unas pistolas presumiblemente guardadas para una posible y hasta deseada nueva carlistada.
Así Fuster conocería el carlismo no por referencias o por teoría y menos aún por mero historicismo sino que lo vivió como inmersión en su propia casa, un carlismo cuya desvirtuación tradicionalista había vivido su padre desde los años treinta y que no era el popular de reivindicaciones esenciales al que reiteradamente se refiere Fuster cuando insistía en que en el País Valencià solo había tres movimientos de contrastable presencia y fuerza populares: los republicanos, los carlistas y los anarquistas, recordando que la publicación carlista “El Palleter”, duramente perseguida por el poder, alcanzaba los 50.000 ejemplares, o destacando que carlistas y republicanos valencianos llegaron a votar juntos en el Congreso contra el poder establecido.
Ese poso carlista emergía de inmediato, irreprimiblemente, con espontánea naturalidad, en sus respuestas en la aludida entrevista que se le hizo, así cuando en la misma fue provocado al preguntársele por algo hoy tan fenecido para los valencianos como eran, y siguen siendo, los fueros: “… ya entiendo por donde va usted.
No olvide que soy hijo de carlista, que me he criado en un ambiente carlista cien por cien, y que mis primeras lecturas políticas fueron viejos papeles carlistas”, decantándose como conclusión por la fórmula “federalista” que en aquel tiempo permitía la depuración ideológica actualizante, revisionista en definitiva, iniciada por las bases juveniles del partido, del carlismo no oficial con abandono del estricto foralismo como fórmula arcaica, limitadora y ya inútil especialmente para la radical terapia que urgía para los valencianos en su reencuentro nacional. Y Fuster alude y aclara la intención última del entrevistador por lo que continúa ampliando la respuesta a la pregunta: “Usted, sin duda, trata de sugerir la fórmula que, en alguna época fue corriente en la teoría y la propaganda carlistas…
El federalismo sería de una gran eficacia terapéutica.” Para completar más adelante el argumento, no sin pesimismo indisimuladamente carlista, respecto a los peligrosos vaivenes que afectarían a los planteamientos sobre los problemas territoriales según las épocas y los dirigentes en el partido: “En la historia del Carlismo hubo altibajos muy importantes, en lo que se refiere a este punto. Cuando en sus cuadros dirigentes predominaban la gente vasca o catalana el ´foralismo´ fue más radical; cuando tuvieron la sartén por el mango andaluces y castellanos, el ´foralismo´ se diluía bastante. Como máximo estos últimos carlistas entendieron el ´foralismo´ como mera ´descentralización´”.
En igual extensa entrevista, ampliamente publicitada, con gran fotografía del “agitador” (Fuster más que en intelectual autodidacta se constituyó malgré lui même en el máximo concienciador valenciano) en la primera página del único diario confesada y renovadamente carlista que aún intentaba sobrevivir a la dictadura, se hacían unas alusiones nada favorables hacia los “intelectuales” más notorios del régimen. Aquel diario que desde poco tiempo antes pilotaba Javier Mª Pascual tras estas y otras continuas audacias sería castigado en 1970 por el franquismo con su cese no sin previamente haber sido el único director de periódico que en 1969 durante unos meses fue confinado en la segoviana villa de Riaza.
La transcritas opiniones de tal entrevista eran una continuación de su permanente criterio respecto del carlismo, especialmente del valenciano, y así en “Nosaltres els valencians”, su obra consagradora, Fuster destaca la evolución carlista en muchas ocasiones contradictoria: mientras que “Al Principat (Catalunya), l´evolució del carlisme va ser més precoç: d´ella va sortir el ´catalanisme històric´” en el valenciano “en descarlinitzar-se, origina la Dreta Regional Valenciana, que va transformar el fuerisme en ´regionalisme´”.
No obstante, y pese a tan negativa o inútil desideologización carlista, para Fuster “l´important era la ´insurgencia´ que carlisme i republicanisme -i anarquisme, en un altre estadi- representaven”. Y añadía: “La terminología -´furs´, ´federació` (fins i tot l´anarquisme)- fa pensar en una autonomia. De fet , revoltarse-se ja era, en sí, una manifestació d´ ´autonomia´. Era la discrepància radical amb el jacobinisme: amb l´Estat unitari, amb l´Estat”.
El emblemático e inevitable “Nosaltres els valencians” (más de 30 ediciones en varios idiomas hasta hoy) seguido casi simultáneamente por el libro (este en castellano) “El País Valenciano” lo convirtió, ya se ha apuntado, en el referente, más bien deberíamos decir en el “revulsivo” del en aquel tiempo (1962) residual valencianismo político hasta el punto de incluso equivocadamente atribuir a Fuster la invención de la marca “País Valencià” cuando quien lo alumbró fue F. Mateu Llopis mediante un trabajo editado en 1933 precisamente con tal nueva denominación y que desterraba la arcaica de “Regne de Valencia” y, aún más, la provincialista de “Región Valenciana” (esta tan similarmente intencional a la actual de “comunidad” Valenciana).
El reencuentro personal (de alguna forma hay que llamarlo) de Fuster con el Carlismo se produjo de una forma anecdótica y muy calificable como de sorprendente. Dos miembros por entonces del partido carlista – J. C. Clemente y quien esto escribe- conocedores de la relación familiar del ilustre suecano con el Carlismo que hasta motivaría la visita de D. Javier de Borbón Parma a su casa en 1951 -con incluida fotografía dedicada a su padre y que Fuster conservaba con amor filial- nos decidimos en ir a conocerle en persona. Fuster nos recibió amablemente, con divertida curiosidad y – ¿por qué no? – hasta con cierta prevención derivada de su conocimiento del reaccionarismo tradicionalista de quienes controlaban el partido en Valencia.
La conversación sería abierta, distendida e incluso provocadora y alargada más de lo esperado. Antes de despedirnos se cumplimentó el ritual de la dedicatoria de autor en los ejemplares que de “Nosaltres els valencians” cada uno le presentó y a la escrita a quien esto narra Fuster añadiría una impertinente, pero ilustradora “aclaración” que resumía su asombrado encuentro con un carlismo que no solo desconocía, sino que le arruinaba su ya consolidado criterio respecto a un tradicionalismo reaccionario y a todas luces impresentable. Esta era la “impertinencia” añadida: “*Queda per descomptat que el Sr. Olcina no és carlí. Llástima!. A mì m´interessen els carlins, pero no tan problemàtics ni tan cínics…”. Era el 2 de julio de 1966.
Aquel carlismo, nuevo para él, le interesó de inmediato. Rechazaba, más exactamente despreciaba y le indignaba el tradicionalismo que por entonces aún sobrevivía desacreditando el adjetivo de “carlista”, algo que igualmente le sucedía a un habitual compañero suyo de tertulia de café (la tertulia era el único espacio del que en esos años de plenitud franquista podía disponer la floja y mínima intelectualidad valenciana) llamado Vicent Ventura, destacado valencianista que, ¿casualmente?, era también hijo de carlista.
De aquella nuestra primera entrevista se obtuvo un inicial e inesperado fruto, el proyecto de un libro colectivo sobre los Països Catalans a elaborar con el mallorquín Josep Meliá, con quien esto escribe y hasta en un inicio con J. C. Clemente como catalán del Principat y en el que él, Fuster -a quien se debía la fructificación definitiva de la denominación de Països Catalans para tal ámbito cultural y político- se ofreció a escribir el prólogo, aunque al poco y tal vez por haber recabado información se negaría a que participara Clemente naufragando así dicho proyecto.
Pero su actitud respecto al Carlismo que se le había hecho conocer permanecería. Era, además, un tiempo de iniciativas y de realidades en el despertar de la conciencia nacional de los pueblos del común ámbito lingüístico y no podía desaprovecharse por el nuevo carlismo ninguna posibilidad de proyección y consolidación.
Así la colaboración facilitada por el propio Fuster en la primera publicación semanal catalana “Tele/estel” o la común participación en asociaciones incluso fuera de los propios espacios territoriales como fue la “Colla Tirant lo Blanc”, en Madrid, dirigida por Gonçal Castelló y que contó con integrantes como Manuel Vicent, Josep Melià, Burguera, Gª Candau, los artistas plásticos Alfaro y Zamorano…, y algunos carlistas. Carles Vilar Llop, jefe del Carlismo en Castelló acudiría en 1969 a una de sus convocatorias a Madrid como igualmente en varias ocasiones el intelectual de Sueca llegándose a editar una publicación de prestigio, “Gorg”, plural y con colaboraciones carlistas que acabó eliminada por el régimen.
Fue también en ese tiempo que Fuster encargaría a quien esto escribe redactar el extenso artículo “Carlisme” para la “Gran Enciclopedia Catalana”, ofreciéndose él mismo a firmarlo conjuntamente y hasta a participar en su elaboración, sin embargo, pronto surgieron inconvenientes que concluirían en la inclusión de una redacción definitiva con la sorpresiva participación de un tercer redactor, Edmon Vallés, impuesto por la dirección.
Pese a ello una buena parte de la visión que sobre el carlismo se había redactado y con la que Fuster estaba conforme fue reproducida. Así – es una pequeña muestra- respecto a la motivación económica, social y territorial de la rebelión: “El carlisme arrelà a les terres hispaniques més diferenciades (País Basc, Països Catalans), situades en oposició a la teoría liberal que preconitzava la política centralitzadora i uniformadora dels Borbons. D´altra banda, el liberalisme preveía la venda dels béns comunals -fet que amenaçava la supervivencia dels petits propietaris rurals- i dels eclesiastics”.
Tras el fiasco de la enciclopedia catalana, que tanto indignó a Fuster según me manifestaría en varias cartas, unido al recobrado control del carlismo valenciano por la más impresentable reacción tradicionalista le alejó de aquel primer entendimiento y colaboración, un retroceso para el partido valenciano que sustituiría al de la jefatura de Laura Pastor integrante de “Els 10 d´Alaquàs” – dirigente reconocida en 2019 con la “Alta Distinció de la Generalitat Valenciana”-, de organización de cursillos, de publicación de una “Guía política del Carlismo”, (elogiada por Alfons Cucò), de edición por “3 i 4” de “Carlisme i autonomía al País Valencià” con presentación prevista a cargo de Josep Guía, Ernest Lluc… (y prohibida por el gobernador), entre otros logros.
Años después, en 1982, moriría el padre de Fuster y éste, hijo único que había dedicado buena parte de su tiempo a atenderle en su larga enfermedad, un parkinson avanzado, manifestaría su indignación respecto a la actitud del recobrado tradicionalismo en la dirección del partido valenciano con un artículo en “La Vanguardia” en el que tras recordar el carlismo de su familia paterna denunciaba que “Cuando le enterramos, sus correligionarios no se atrevieron a ponerse la boina roja. Quizá ya me tenían miedo. Pero me dio mucha pena.
El difunto se merecía un Oriamendi de charanga”. Carles Vilar Llop le envió una admirable carta en la que le felicitaba por explicar perfectamente en su artículo lo que es el carlismo y ofreciéndole el círculo de Vila real, local donde precisamente “Acciò Cultural del País Valencià” le ofrecería, a Vilar, un homenaje dos años después, en 1984.
Era el preludio del final de Fuster, un crepúsculo vital que hasta había sido distinguido con atentado con bomba fascista en su domicilio el año 1981. En sus últimos años la Universitat de Valencia le preparó una cátedra con clases de un éxito total que le permitiría no depender del magro pago por sus artículos y demás colaboraciones, él mismo repetía que era un jornalero de la escritura. Estaba profundamente cansado. Falleció en 1992.
Evarist Olcina Jiménez
