Hay un España ficticia, esa que vive en el imaginario colectivo de quienes quieren construir, desde la exclusión monocolor, un país a su imagen y semejanza, obviando la natural diversidad que hace ricas a sociedades y pueblos. Es ese modelo de España que se ha gestado en las mentalidades de aquellos que llevan gritando y advirtiendo del fin de España, de su España, y que han dado golpes de Estado, iniciado guerras y asesinado a medio país en nombre de la defensa de la Patria, siempre que sus intereses de clase han sido mínimamente cuestionados, ni siquiera amenazados.
La ruptura de España ha sido ese mantra que, a fuerza de repetirlo hasta la saciedad, como si una opinión fake repetida mil veces se convirtiese en verdad, y con ayuda de sus medios de comunicación y propaganda, ha calado en la conciencia de la parte ideológicamente más débil de la población española. Sin embargo, los apologetas de la destrucción nunca han concretado en qué consistiría, o si ya está sucediendo, esa destrucción y ese fin de la patria.
Proteger su España, gris y monocroma, de sus enemigos internos, ha formado siempre parte de un discurso populista, cuyo fin ha sido encubrir la defensa de sus privilegios de siempre, aquellos que les venían, y les vienen de herencias acumuladas desde tiempos de conquistas, robos y desamortizaciones de propiedades comunales.
Y es que, la defensa de su España, la de los privilegios de clase, frente a esas otras Españas, las Españas, que ya defendió el carlismo popular del XIX y especialmente el autogestionario del siglo XX, las Españas de la Reforma Agraria, de los cinturones industriales, de los barrios multiculturales, de las libertades nacionales, los derechos sociales o la de las lenguas propias, ha sido, y es, un mecanismo nada desdeñable de resistencia al cambio, al progreso y a una transformación social, que podría poner en cuestión sus haciendas y privilegios.
Por ello, esas no son sus Españas, es más, son esa antiespaña que hay que volver a señalar y a aniquilar. Esas realidades no merecen llamarse como tal ni formar parte de la idea de España como unidad de destino en lo universal.
Y es que España es el proyecto oligárquico y de clase de la monarquía y del Régimen del 78. Frente a las arengas más o menos patrioteras y nacionalistas, de bandera como pulsera y vivas a la Guardia Civil, se oculta otra realidad, la del capitalismo de amiguetes, la del todo atado y bien atado (sobre todo lo económico), la del continuismo de las estructuras jurídicas y económicas que permitieron legalizar en democracia el enriquecimiento conseguido mediante el robo en dictadura.
La España del colonialismo interior, que fomenta los negocios del caciquismo del siglo XXI y utiliza ciertos territorios como colonias propias, para garantizar así la acumulación de capital en aquellas otras zonas, los actuales centros del poder político y económico. ¿Cómo van a querer que se ponga en cuestión esta España?
Por otro lado, no es casual que en aquellos territorios donde han existido históricamente luchas de emancipación nacional, se hayan dado mayores conquistas para las mayorías trabajadoras. En España, por su propia idiosincrasia política, las reivindicaciones nacionales, siguen siendo reivindicaciones democráticas, que vienen a fortalecer la lucha de clases entre un pueblo trabajador que aspira a mayores conquistas sociales y de derechos, en un estado soberano, donde puedan ser ciudadanos y no súbditos, y una oligarquía inmovilista que quiere mantener las viejas estructuras del Régimen del 78, garantes de sus privilegios de clase.
¿Es posible, por tanto, la reforma del Estado Español desde sus propias estructuras políticas centrales? ¿O el camino de la izquierda (también estatal) debería ser el fortalecimiento de las luchas nacionales, abriendo así el camino a una posible profundización en la democratización del Estado? ¿Es posible la República? ¿O hay que apostar por las repúblicas para avanzar hacia una república española? Son cuestiones, en este nuevo ciclo, que las fuerzas democráticas y republicanas nos deberíamos plantear, desde el posibilismo inmediato (en cuanto a gestión y participación política), pero con un horizonte claro de transformación social.
El odio a las distintas realidades nacionales y sociales, a las Españas no hegemónicas, a las que no se adecúan al ideario de los herederos del nacional-catolicismo, es la base de su existencia y la excusa perfecta para que nada cambie, para seguir conservando sus privilegios históricos. Es el deber de las izquierdas transformadoras cuestionar los cimientos de esta España, y por tanto del Régimen del 78, como proyecto ideológico y económico de la gran burguesía estatal.
Por tanto, fortalecer los procesos democratizadores y republicanos, soberanistas, al fin y al cabo, aquellos que cuestionan de raíz al Estado, desde lo nacional, lo social y lo económico, debería ser una de las prioridades de la izquierda transformadora. La ruptura con la España del odio es condición sine qua non para la emancipación, la democratización y la(s) república(s), y esto, bajo el paraguas del Régimen del 78, no es posible.
Sin embargo, ¿Está la izquierda estatal dispuesta y/o preparada para afrontar los retos de la ruptura democrática con el Régimen del 78? ¿Quiere hacerlo? Esa es la clave.
Diego Marín Roig
