julio 14, 2024

La problemática del nacionalismo aragonés

Decía José Antonio Labordeta que “nadie ama aquello que conoce”. Pocas veces cinco palabras han sido contenedoras de una afirmación tan atroz pero lo cierto es que no le faltaba razón. Y, probablemente en ésta cuestión se encuentre la piedra rosetta que nos permite comprender un poco mejor la problemática principal del nacionalismo aragonés.

Los aragoneses, mujeres y hombres honestos y pragmáticos ante todo, no andan muy sobrados de autoestima. A decir verdad, el continuado ninguneo al que se ha visto sometido nuestro territorio desde tiempos inmemoriales y las inevitables comparaciones con territorios vecinos que han experimentado una evolución socioeconómica más espectacular nos han llevado a crear un nacionalismo basado en los agravios comparativos. En otras palabras, hemos dejado de preocuparnos por lo que valemos y merecemos por nuestros propios méritos y por nuestra realidad. Hemos convertido nuestra lista de anhelos y reivindicaciones en una lista de deseos para ser como los demás territorios o, al menos, para no ser menos que los demás. En definitiva, hemos convertido el nacionalismo aragonés en un nacionalismo basado en agravios que en el fondo no ocultan la falta de interés por la cultura propia y el exceso de complejos.

Por doloroso que resulte, los aragoneses somos un pueblo cargado de complejos. Complejos que podríamos desterrar si, de una vez por todas, fuéramos capaces de mirar hacia dentro para descubrir nuestra auténtica realidad. El problema es que, retomando el argumento inicial de éste artículo creemos saber todo sobre nosotros y realmente no sabemos casi nada.

Si supiéramos mucho, me atrevería a decir que la hacienda foral aragonesa se convertiría en una reivindicación de primer orden. Y lo sería porque es algo justo y no porque nuestros vecinos vascos y navarros la tengan. De igual modo, podríamos entender la enorme riqueza histórica de nuestro pueblo y no nos ofenderíamos al enterarnos de las manipulaciones de la historia que se hacen en otras comunidades. Simplemente sabríamos quiénes somos y de dónde venimos sin dejar lugar a la ofensa. A buen seguro, sabríamos valorar la importancia de los ríos que atraviesan nuestra comunidad y podríamos aprovechar mejor sus aguas antes de instalarnos en la pataleta propia de cuando alguien quiere quitarte algo tuyo aunque hasta la fecha no hubieras sido muy capaz de valorar lo que tenías.

Fruto de esa escasa autoestima derivada del escaso conocimiento nos encontramos con la cuestión del nacionalismo integrador. ¿El nacionalismo aragonés tiene un perfil tan integrador porque los aragoneses, falsamente convencidos de su escasa importancia, necesitan pertenecer a algo mayor para sentirse parte de un pueblo o realmente tenemos un sentimiento real de pertenencia a España? Esta característica que, incluso Labordeta, señalaba como un elemento positivo despierta dudas. Obviamente es una característica positiva, pero ¿positiva para quién? Positiva para los gobiernos centrales que han encontrado en el nacionalismo aragonés una fuerza amable y con poco colmillo. Que no quepan dudas, Aragón nunca ha sido premiado por ser esa pequeña pero gran territorio que nunca parecía querer molestar.

Volvemos a lo mismo, el aragonés no levanta la voz porque no se termina de creer su derecho a levantarla. Hasta que no seamos conscientes de quiénes somos, de dónde venimos y de cómo suena nuestra voz, Aragón seguirá siendo esa comunidad amable que no quiere ser menos que las demás. Mientras, el nacionalismo aragonés sin más argumentos que los agravios comparativos con otras comunidades seguirá desangrándose por no ser capaz de conectar con la auténtica realidad aragonesa.

Sergio G. Benedí

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