julio 14, 2024

Viejos tiempos nuevos

En el momento de escribir estas líneas se cumplen cinco meses de que la guerra se desatase con crudeza en Ucrania, retransmitida casi en directo por los medios de comunicación.

Sin entrar en el tema de quiénes son los responsables directos o indirectos de este conflicto, sin olvidar que la iniciativa bélica corresponde al gobierno de Vladimir Putin, no podemos dejar de lado, en primer lugar, el hecho de que en nuestro mundo actual existen un buen número de conflictos armados que no reciben el mismo trato informativo -Siria, Yemen, Palestina, Mali, Sudán del Sur, Birmania… por citar sólo algunos- ni tampoco reciben el mismo trato humanitario sus víctimas civiles, en primer lugar los refugiados y refugiadas.

En segundo lugar, en este caso concreto pero ampliable a casi todos los conflictos bélicos, nos surge siempre la duda de si las motivaciones y presuntas causas del conflicto son las que parecen o existen intereses más o menos ocultos que son los que realmente están en su origen o que, por lo menos, aprovechan en su beneficio previas situaciones conflictivas. Todo ello crea una especie de niebla que encubre que el verdadero origen de las guerras, más allá de justas reivindicaciones o nacionalismos varios, es el interés de las élites oligárquicas y que el pueblo llano siempre queda en el campo de los vencidos, siempre es la víctima de las guerras.

De esto sabemos mucho los carlistas. Más allá del relato épico de la memoria carlista, es preciso reconocer que el recurso a la resolución de los conflictos por medio de la guerra siempre ha acabado en fracaso para el carlismo, incluso cuando los carlistas terminaron, en 1939, de aquella manera en el campo de los vencedores.

Coincide también en estas fechas la aprobación en el Parlamento de Madrid de la llamada Ley de Memoria Democrática, con las esperadas críticas y descalificaciones del postfranquismo, tan pujante en nuestros días, y la apropiación del sufrimiento por parte de quienes se consideran descendientes directos del bando republicano, aunque bastantes de ellos hayan apoyado activamente a la monarquía juancarlina.

El inevitable fracaso de aquella República, epílogo de los gobiernos del liberalismo durante más de un siglo, acabó con su eliminación promovida por las élites oligárquicas con sus fieles aliados militares, con la participación del carlismo en su mayor error histórico apoyando a sus inveterados enemigos, la oligarquía y los militares, quienes propiciaron la cruel dictadura franquista.

¿Habrían triunfado los “nacionales” si la entonces mayoría rural, ninguneada por  los gobiernos republicanos, bien fueran de izquierdas o de derechas, hubieran apoyado a la República, si la mayoría católica no se hubiera sentido agraviada por el anticlericalismo burgués?

Como expresó Jaime del Burgo en 1934, antes de su adaptación al franquismo: “Los socialistas harán su Revolución. Y entonces se pedirá a la Comunión Carlista, que es de gentes proletarias, un nuevo sacrificio. Y, una vez más, los poderosos colgarán el zacuto en el Crucifijo, para que nosotros, que defendemos el crucifijo, defendamos también el zacuto. Y la tormenta pasará. Y entonces, salvados el Crucifijo y el zacuto, nos volverán la espalda los que más clamaron por nuestra intervención”.

El sufrimiento y la barbarie de aquella guerra alcanzó a todo el pueblo llano, en los frentes de batalla y en las retaguardias. Miguel de Unamuno dejó escrito poco antes de su muerte: “Los motejados de intelectuales les estorban tanto a los hunos como a los hotros. Si no les fusilan los fascistas les fusilarán los marxistas. […] ¡Pobre deán de Toledo, Polo Benito! ¡Pobre Arturo Pérez Martín! ¡Pobre Prieto Carrasco! ¡Pobre Joaquín Beunza! ¡Pobre teniente Castillo! ¡Pobre Calvo Sotelo!”. El citado Joaquín Beunza, pamplonés de la Rotxapea, carlista, cofundador de la Sociedad de Estudios Vascos/Euska Ikaskuntza en 1918 y de la Academia de la Lengua Vasca, fue fusilado por milicianos republicanos en el Fuerte de Guadalupe (Hondarribia) el 4 de septiembre de 1936, mientras sus correligionarios incendiaban Irún.

La diferencia entre unos y otros muertos está en que de unos sus familias saben donde están enterrados sus cuerpos, de muchos de los otros todavía no se sabe ni se sabrá nunca.

A estas alturas de la historia, resulta desconcertante que el género humano sea aún incapaz de resolver sus conflictos a través de medios que excluyan la violencia. Al parecer el afán de lucro y el ansia de poder siguen siendo las directrices para una parte de la humanidad que, en consecuencia, es la que forma parte de las élites políticas y económicas.

Quienes pretenden justificar no sólo guerras actuales sino las pasadas, obviando además las décadas de represión y violencia que siguieron a la guerra de 1936-1939,  como ocurre con los actuales postfranquistas, no hacen sino mantener la lógica del liberalismo que, desde la confusa aprobación de la Constitución de 1812, sigue trabajando por imponer el dominio de las élites que lo sustentan, siempre apoyándose en sus fuerzas armadas, centralizando la administración, haciendo tabla rasa de cualquier manifestación cultural que no sea la uniforme folclorizada por ellos.

Contra todo eso han luchado los carlistas durante toda su historia. El Partido Carlista desde su clarificación ideológica, hace ya medio siglo, establece que las decisiones políticas y administrativas deben gestionarse de abajo a arriba, según el principio de subsidiariedad, tanto en lo territorial como en lo económico, en el marco de la Autogestión Global, como por otra parte ya se contemplaba en el Derecho Pirenaico.

En consecuencia los métodos para la resolución de los conflictos deberán ser aquellos que entiendan la paz no como la ausencia de conflictos, cosa imposible dado el carácter imperfecto del ser humano, sino como la lucha por la justicia con armas de justicia, sin provocar nuevas injusticias.

Ello permitirá contemplar los conflictos bélicos vividos con otros ojos, lo que permitirá entender aciertos y errores, así como pugnar por evitar nuevas guerras. Sin embargo, es preciso ser conscientes de que el adversario sigue siendo el mismo de siempre: el liberalismo que impone su paradigma a cualquier precio.

Fernando Sánchez Aranaz

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